Cuantas veces hemos dictado sentencia sobre personas sin tener los argumentos de probatorios que lo avalen. Qué fácil puede resultar ver a una persona y, sin tan siquiera haber conversado con ellos alguna vez, arremetemos conjeturas de hechos que solo navegan en nuestra mente y que nunca se han materializado; quitamos a Dios de su lugar y nos colocamos en su trono divino y nos auto constituimos en jueces morales y espirituales, hacemos exageraciones de las faltas de los demás y disminuimos las nuestras. Ciertamente el juzgar a las personas no nos compete, mucho menos preenjuiciarlas, Dios quien juzga (Salmos 50:6). Mateo 7:1 nos dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados.”
9 de octubre de 2007
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