Comience a alabar
Gloria Copeland
Alegraos, oh justos, en Jehová; en los íntegros es hermosa la alabanza.
– Salmo 33:1
La alabanza, de acuerdo a la Palabra de Dios, es lo más apropiado y hermoso que usted como creyente pueda hacer. Sin embargo, déjeme advertirle que lo que Dios y usted consideran alabanza apropiada es posible que sean dos cosas muy diferentes. La alabanza que Él desea debe ser llena de gozo, sin impedimentos y, a veces, ¡en voz alta!
Si no lo cree, mire en la Biblia y se dará cuenta de la clase de alabanza que se hay en el cielo. Lea Isaías 6 y verá lo que pasa en el trono celestial. Los serafines alaban tan fuertemente que hacen temblar los quiciales de las puertas y, cuando lo hacen, la gloria del Señor llena la casa.
Cuando usted llegue al cielo, estará alabando así también. Estará saltando y alabando a Dios con toda parte de su ser. Pero no espere hasta ese entonces para empezar a hacerlo, empiece ahora mismo.
Decida hoy que en vez de alabar a Dios como a usted le gusta, va a comenzar a hacerlo como a Él le gusta. Dele rienda suelta a las alabanzas, y hágalo con alegría y sin impedimentos. No espere hasta que llegue al cielo para alabar a Dios con todo su ser; hágalo ahora, Él lo merece.
Scripture Reading: Isaías 6:1-8
Isaías 6:1-8
Isaías 6
La misión de Isaías
1 El año de la muerte del rey Uzías, vi al Señor excelso y sublime, sentado en un trono; las orlas de su manto llenaban el templo.2 Por encima de él había serafines, cada uno de los cuales tenía seis alas: con dos de ellas se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies, y con dos volaban.3 Y se decían el uno al otro:
«*Santo, santo, santo es el Señor *Todopoderoso;
toda la tierra está llena de su gloria.»
4 Al sonido de sus voces, se estremecieron los umbrales de las puertas y el templo se llenó de humo.5 Entonces grité: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios *impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!»
6 En ese momento voló hacia mí uno de los serafines. Traía en la mano una brasa que, con unas tenazas, había tomado del altar.7 Con ella me tocó los labios y me dijo:
«Mira, esto ha tocado tus labios;
tu maldad ha sido borrada,
y tu pecado, perdonado.»
8 Entonces oí la voz del Señor que decía:
—¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?
Y respondí:
—Aquí estoy. ¡Envíame a mí!
2 de junio de 2009
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